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LASKURAIN.

Sobre mí

La experiencia importa cuando se convierte en criterio.

Miguel Ángel Laskurain

La pregunta correcta vale más que mil respuestas.

Empecé como creativo. Pero desde el principio hacía demasiadas preguntas antes de ejecutar cualquier cosa. ¿Para qué sirve esto? ¿Qué tiene que sentir alguien cuando lo usa? ¿Qué problema resuelve realmente? Eso me llevó a replantear proyectos enteros antes de diseñar nada. Trabajando para Disney, Univision y DIRECTV gané dos Emmy Awards — uno por la mejor dirección de arte de una cadena de televisión y otro por la mejor campaña. No porque el trabajo fuera bonito. Porque cada pieza estaba construida desde una idea estratégica clara. Ahí entendí que la creatividad que me interesaba era la que está al servicio de una estrategia. Cuando no existía, la construía. El paso natural fue dedicarme a eso a tiempo completo.

El salto a Silicon Valley no fue casualidad. Siempre fui early adopter — la tecnología me interesaba tanto como el diseño. Pero lo que me llamó fue ver un problema que nadie estaba resolviendo: una industria entera que hablaba a sus ingenieros en lugar de hablar a sus clientes. Marketing centrado en características técnicas, sin narrativa, sin historia, sin conexión emocional. Vi que podía aportar algo que faltaba. La capacidad de traducir tecnología compleja en algo que la gente pudiera entender, recordar y elegir. Eso me llevó a DivX, Rovi, DTS y TiVo.

Sin reto, no hay razón para estar aquí.

Después de veinte años trabajando para otros en el ecosistema más competitivo del mundo, llegó el momento de construir algo propio. Málaga tiene exactamente lo que buscaba: un ecosistema tech en construcción, empresas con ambición y un mercado donde hay espacio para creer. No elegí Madrid. No elegí Barcelona. Elegí el sitio donde el criterio acumulado durante dos décadas puede marcar más diferencia.

El criterio no se genera. Se construye.

He visto marcas prepararse para ser vendidas y necesitar una historia que justificara su valor. Marcas que empezaban a perderse en el olvido y necesitaban razones para ser relevantes de nuevo. Empresas con portfolios de tecnología impresionantes siendo ignoradas porque nadie sabía contarlas. Cada una de esas situaciones requería lo mismo: construir claridad donde no existía. Lo que aprendí en ese proceso es que una marca no es un envoltorio bonito sobre un producto. Es el significado que ese producto ocupa en la mente del consumidor — la idea que hace que cuando alguien escucha el nombre piense algo específico. Construir esa idea con criterio es lo que determina si un producto compite o simplemente existe.

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